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ENESZHTH

Diario de estudio

Camboya – Cuando el silencio habla

Llegué a Camboya esperando contemplar una de las mayores maravillas arqueológicas del mundo. En cambio, encontré un país donde la belleza y la tragedia siguen conviviendo. Entre templos majestuosos, esculturas desgastadas por el tiempo e interminables galerías de rostros silenciosos, sentí una pesadez inesperada. Me resultó imposible admirar aquellas piedras sin percibir también las vidas que habían desaparecido a su alrededor. Esta no es una historia sobre Angkor Wat. Es la historia de lo que Camboya deja, silenciosamente, en quienes están dispuestos a escuchar.

Del 6 al 13 de diciembre de 2024 recorrí la región de Angkor, en Camboya.

Como tantos otros visitantes, me encontré frente a la inmensidad de sus templos y admiré la extraordinaria maestría con la que fueron construidos hace siglos. Sin embargo, casi desde el primer momento sentí algo que no supe explicar. Mi energía comenzó a desaparecer lentamente. Cada día me encontraba más débil, hasta que finalmente enfermé gravemente.

No era el calor tropical. Era algo mucho más difícil de describir.

Los museos me impresionaron incluso más que los propios templos. Budas decapitados permanecían en silencio dentro de sus vitrinas, separados de sus cuerpos por siglos de guerras y saqueos. Esculturas antiguas mostraban heridas que ninguna restauración podía borrar. Salas enteras de rostros inmóviles parecían contemplar la historia sin pronunciar jamás una palabra.

Mientras tanto, miles de turistas recorrían los templos con prisa, cámara en mano, intentando conseguir otra fotografía perfecta antes de continuar hacia el siguiente destino. Yo, en cambio, sentía la necesidad de caminar más despacio. Quería comprender lo que había sucedido allí, no limitarme a observar lo que aún permanecía en pie.

Hay un instante que nunca he olvidado.

Durante uno de nuestros recorridos le hice una pregunta muy sencilla a nuestro guía camboyano.

—¿Por qué no hemos visto ni un solo elefante?

Su respuesta fue tranquila.

—Todos huyeron a Tailandia por culpa de las minas terrestres.

Era una frase sencilla. Y, sin embargo, lo decía todo.

En ese momento la historia de Camboya dejó de ser algo que estaba aprendiendo. Se convirtió en una realidad profundamente humana.

Más tarde visité lugares donde los restos humanos permanecen expuestos como testigos silenciosos de una violencia que todavía pertenece a la memoria viva del país. No hacían falta grandes explicaciones. El silencio hablaba con mucha más fuerza que cualquier palabra.

Incluso la libélula volvió a aparecer.

Como en tantos otros momentos de mi viaje, se cruzó inesperadamente en mi camino. Casualidad o silenciosa compañera, hace tiempo que dejé de intentar encontrar una explicación.

Cuando abandoné Camboya sentí alivio.

No porque no hubiera apreciado el país.

Todo lo contrario.

Me marché con un enorme respeto por Camboya, por su gente y por la serenidad con la que conviven con una historia que muy pocos visitantes se detienen realmente a comprender.

Hay lugares que te llenan de energía.

Y hay otros que te piden llevarte una pequeña parte de su memoria.

Camboya fue uno de ellos.

Durante mi estancia en Camboya realicé una serie de cinco obras sobre papel inspiradas en estas experiencias. Se presentan por separado en el capítulo “Obras sobre Papel – Shadows of Angkor”, donde pueden contemplarse como obras independientes y no como ilustraciones de este viaje.